El Pub Club: El sitio de los jet-setters del ayer...
Mezzanina del edificio Banco Unión.
Avenida 4(Bella Vista) esquina calle 78(Dr. Portillo).
La Maracaibo de hoy está llena de sitios nocturnos y diversión. El comienzo de esa historia se remonta a FINALES de los setenta, cuando abrió sus puertas un local que según la opinión de quienes lo conocieron no ha tenido parangón en la ciudad. El Pub Club sigue siendo el punto de referencia por excelencia cuando se habla de locales dignos de jet-setters.
Por Cristina E. Wilhelm
En diciembre de 1976 la ciudad presenció el inicio de una historia que tendría más de dos décadas por delante. Un fabuloso local ubicado en la mezzanina del Banco Unión –en la intersección de Bella Vista y Dr. Portillo– abría sus puertas, ofreciendo a Maracaibo un lugar adelantado a su época, de gran lujo y sofisticación, que terminó convirtiéndose en el punto de encuentro de la élite marabina.
Para ese entonces, la vida social de la gente se daba en los clubes. El Naútico era uno de los más exclusivos, seguido por el Comercio, el desparecido Alianza, el Bella Vista, el Creole y el Country Club, destacado por ser el único con cancha de golf. La historia comienza cuando Francisco “Pancho” Tosta, oriundo de Maracay y destacado periodista de los diarios Crítica y El Vespertino, detectó esta situación y decidió ponerle solución. Inspirado en un local llamado Le Club, inaugurado por esa época en Caracas, presentó la idea a un ingeniero llamado José Rafael Vallenilla, quien entonces era el dueño de Trébol, una empresa especializada en la venta de materiales de decoración. Pancho comenta que, para su sorpresa, al día siguiente de haberle manifestado su intención de abrir un local, José Rafael Vallenilla se apareció en su casa con un anteproyecto, planos detallados e ideas concretas sobre el mobiliario y la inversión. Animado por su eficiencia, esa misma noche acordaron hacerse socios y emprender la construcción de El Pub Club. Durante veinte años, José Rafael sería su vicepresidente. Él fue quien ideó el concepto de El Pub, inspirado en los pubs británicos, a los que la gente asistía alrededor de las cinco de la tarde, luego de salir de la oficina. De allí que el logotipo identificativo fuera una especie de pez vestido con traje escocés que tocaba una gaita, instrumento representativo de la Gran Bretaña.
Los contactos que Pancho había cultivado fueron muy útiles. Gracias a ellos logró obtener un préstamo de tres millones de bolívares del Banco de Fomento Regional del Zulia, cifra que le permitiría comenzar a trabajar. Luis Rodolfo Machado y Nerio Fuenmayor fueron sus fiadores. Aprovechando los medios de comunicación que manejaba, Pancho Tosta publicó algunas entrevistas suyas, dando a conocer el futuro proyecto. El mismo era de tal magnitud que incluso el diario Panorama le dedicó una breve reseña, pese a ser su competidor. Luego, ingenió un sistema de afiliaciones que le permitiría garantizar el lujoso local. Así, cuando aún estaba en proceso de construcción, realizó una preventa exclusiva, para la que convocó a las cincuenta parejas que él consideró más socialités, y les presentó El Pub. Todos los presentes compraron afiliaciones –la familiar o tipo A costaba 4.300 bolívares de inscripción en la época del dólar a 4,30 y 700 bolívares de mensualidad– impresionados por los trabajos adelantados, que incluían finísima ebanistería elaborada por una empresa colombiana, lámparas de bronce, alfombras persas, muebles capitoneados y unos vitrales que se movían al ritmo de la música y que se convertirían en uno de los sellos característicos de El Pub a lo largo de toda su historia. La afiliación número 0 pertenecía a Pancho Tosta y el honor de la número uno se lo llevó Ciro Montero, uno de los clientes más asiduos. Ese día la recaudación fue de 150 mil bolívares. Esto hizo que rápidamente se corriera la voz y despertara la curiosidad general por el local.
Demostrando sus habilidades de negociante, Pancho Tosta convocó a una segunda preventa, pero en esta ocasión del tipo Open House. Todo el que lo deseara podía asistir a conocer lo que sería El Pub Club y presentar su planilla de solicitud de afiliación, la cual era sometida a una rigurosa evaluación para garantizar que las personas admitidas fueran respetables y fomentar así la exclusividad del local. Lo curioso es que el haber rechazado a algunas personas avivó los deseos de la gente de obtener su membrecía. Los miembros del Club Náutico eran admitidos automáticamente con sólo presentar su carnet. La expectativa de sus dueños fue recibir a unas ochenta personas; para su sorpresa asistieron más de cuatrocientas. La recaudación de ese día fue de un millón cuatrocientos mil bolívares, los cuales sirvieron para la cancelación de más de la mitad del préstamo inicial, incluso antes de haber inaugurado.
El local tenía seiscientos metros cuadrados y fue obtenido por un contrato de renta de diez años. Las seiscientas sillas que componían el mobiliario estaban elaboradas en cuero y al momento del cierre fueron subastadas por mil quinientos bolívares; hoy, estas piezas son consideradas auténticas reliquias en Maracaibo.
Finalmente, a finales del 76 el club abrió sus puertas. La entrada recibía a los visitantes con su ostentoso hall que exhibía unos venados de bronces y permitía el paso tras unas puertas batientes de finísima madera. Pero para gozar el privilegio de cruzarlas, había que mostrar el preciado carnet dorado de afiliación o contar con la aprobación del estricto portero, un colombiano llamado Orlando Cufiño. Una vez adentro, dos corpulentos hombres llamados Carlos y Sixto les daban la bienvenida a los clientes y los ubicaban en sus mesas.
El 31 de diciembre de ese año, unas doscientos cincuenta personas recibieron la llegada de 1977 en El Pub. Las gente empezó a irse a las diez de la mañana del día siguiente, luego de que sus elegantísimos mesoneros de guantes impecablemente blancos les sirvieran desayuno –y almuerzo a los más resistentes.
Como por estatutos del club los hombres debían ir de traje y corbata, el ambiente era de gran elegancia. Por primera vez las maracuchas tenían una excusa para sacar sus mejores vestidos y lucir su característica belleza en un ambiente de distinción. El lugar era un constante desfile de modas. Además, por primera vez las mujeres empezaron a salir solas; podían bailar con quien desearan, ya que si alguien las molestaba o mostraba algún comportamiento indebido, sería expulsado del club permanente e irrevocablemente. También cambiaron los hábitos de consumo, ya que la costumbre de las damas era pedir Fruit Punch; en El Pub empezaron a probar cocteles más exóticos como el Sex on the Beach o el Tetero. Esto gracias a las destrezas de un personaje inolvidable de El Pub, el barman Nicasio Arismendi, quien trabajó en la mayoría de los locales de esa época y que aún permanece en la escena nocturna marabina, como jefe de la barra del restaurante Asaos.
Según asegura Pancho, los primeros ladies night del mundo se hicieron en El Pub de Maracaibo, los días jueves. Posteriormente serían imitados en Florida, California y Nueva York. Los miércoles eran la noche del bingo, y los viernes y sábados, una vez al mes, presentaban un show internacional. Por El Pub pasó Julio Iglesias, Raphael, Camilo Sexto, Marco Antonio Muñíz, Pedro Vargas, Iris Chacón, Chucho Avellanet, Leonardo Fabio, entre muchísimas otras luminarias. El propio Armando Manzanero ofreció un recital acompañado únicamente por su piano que agotó las entradas, cuyo valor era de mil dólares. Incluso, los primeros conciertos que dieron Wilfrido Vargas y Las Chicas del Can en Venezuela fueron allí. Estrellas nacionales como Ilan Chéster también tenían su espacio en tarima, al igual que artistas y bandas locales que, por normativa del Sindicato de Radio y Televisión –al cual el propio Pancho pertenecía–, debían ser los teloneros obligados de todo artista internacional. Algunos nombres recordados son Yordano, Frank Quintero –quien pese a su inicipiente carrera agotó las mil quinientas entradas que se vendieron para su show– y un tímido cantante llamado Ricardo Montaner, que no gozaba de mucha aceptación debido a su canto excesivamente sentimental, que terminaba por desanimar a la gente. Paradójicamente, ese cantante luego se convertiría en la gran superestrella de Venezuela, con reconocimiento en toda América Latina. Sus primeros pasos los dio en El Pub. De hecho, cuenta Juan “Goody” Rafalli, uno de los dueños de la miniteca Soultrain, que fue allí donde lo descubrió uno de los ejecutivos de Sonorodven –la disquera más importante del país–, quien detectó su talento y lo llevó a Caracas para ayudarlo a convertirse en un artista famoso. Años más tarde, Ricardo Montaner se enamoraría de la hija de este señor y ese ejecutivo se convertiría en su suegro.
Pero cuando no habían presentaciones en vivo, el rey de la noche era el disck jockey. De hecho, esta figura era como el alma de todo local nocturno en la década de los ochenta. Dependiendo de su talento una discoteca podía irse a la quiebra o alcanzar la gloria. En los primeros años de El Pub este puesto lo ocupó un pinchadiscos llamado Ricardo Machado, pero en la segunda etapa, éste le cedería el espacio a Armando Sandrea, un joven y talentoso Dj que obtuvo su popularidad en el Jet Set y que teminó por consagrarse en El Pub como “el mejor disck jockey de la década los ochenta”.
El Pub Club también se caracterizó por su gran tecnología. Fue allí donde se estrenó el primer rayo láser de Venezuela. También trajeron el primer teléfono inalámbrico, toda una novedad para la época, que hacía que los clientes pudieran recibir llamadas sin levantarse de sus mesas. Esto provocó que generales de alto rango, ministros y ejecutivos de PDVSA prefirieran el local para hacer sus eventos y reuniones.
Ante la gran demanda y luego de estar cinco años en el Banco Unión, los dueños de El Pub lo cerraron para iniciar los trabajos de construcción de lo que sería El Pub II, un nuevo local ubicado en el Centro Comercial La Paragua con capacidad para mil quinientas personas. Durante dos años los marabinos se vieron privados de su club favorito, y esto dio pie al auge y proliferación de algunos sitios que quisieron llenar el vacío de las noches, como lo fueron el Jet Set –ubicado en el Costa Verde– y Ohati’s, que es considerado por muchos el primer sitio “de ambiente” de la ciudad, pese a su discreta identidad.
Luego de dos años de larga espera, finalmente en 1983 empezó a funcionar El Pub II. Ese local redimensionó el negocio de forma sorprendente, ya que se convirtió en una de las discotecas más grandes de Venezuela. Los caraqueños, que por la época mostraban más rivalidad con los maracuchos, venían los fines de semana a Maracaibo con la única excusa de conocerla. Por la época era muy común que llegaran a la ciudad barcos de guerra, que traían hasta diez mil marineros, todos extranjeros. En El Pub II los dividían en grupos de dos mil y les ofrecían todo tipo de actividades, concursos y elecciones de reinas que posteriormente les enseñaban a bailar merengue, gaitas o cumbia. Para ese momento era una frase típica el decir que “quien va a Maracaibo y no conoce El Pub no estuvo en Maracaibo”. Fue esa también la época de grandes amaneceres gaiteros con agrupaciones como Guaco, Cardenales del Éxito o Barrio Obrero, y de las fiestas de Halloween, donde se premiaba hasta con diez mil bolívares al mejor disfraz. También fueron los días de las fiestas vaqueras de las que hay una anécdota genial. Cuenta Pancho Tosta que en una ocasión publicó en la prensa que todo aquel que viniera a caballo tendría en la entrada una botella de ron gratuita. Su sorpresa fue ver que a la medianoche tenía cuarenta y ocho caballos amarrados en la parte trasera del estacionamiento, y varios clientes exigiendo que los dejaran entrar con el animal.
En el año 1986, Pancho Tosta decidió cambiar el nombre al Pub, y rebautizarlo como November Club, decisión que más adelante lamentó. A principios de los noventa el November Club cambió nuevamente de nombre a Playball Club, y funcionaba como un Pool Bar orientado a un público más juvenil. Por último, el negocio terminó cerrando sus puertas y mudándose a un local ubicado en un centro comercial en La Puerta de Los Andes, hasta que finalmente su dueño se decidiera a venderlo, tras haber subastado el mobiliario, y luego de veintitrés años encendiendo las noches marabinas.
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